miércoles, 28 de marzo de 2018

Felicidad

Bailamos bajo la lluvia 
Nada nos turba
Hundimos nuestros pies descalzos en la hierba
Y gritamos, reímos, lloramos, cantamos...
Nos cojemos de las manos y damos vueltas sin parar, jugando como hacíamos de niños, casi hasta marearnos
Y paramos, caemos al suelo exhaustos, sin aliento, uno al lado del otro.
Nos miramos durante un rato, sin decirnos nada
La lluvia sigue cayendo sobre nosotros 
Moja nuestros cuerpos
Pero nada importa
Seguimos allí tumbados hasta que anochece, atesorando para siempre en nuestra memoria este momento.




sábado, 24 de marzo de 2018

Micromundos (II)

Me observas en silencio con una media sonrisa.
No sé que estás ahí y despreocupada bromeo con mi acompañante.
Tus ojos siguen cada uno de mis movimientos.
Yo, continúo ajena a todo.
Levantó la vista y estás.
Corazón deja de latir violentamente. Mejillas, no os sonrojéis. Piernas, responded.
Camino a tu encuentro, desenvuelta.
Saludo con un gesto y me voy.
Corro, corro y no me detengo hasta llegar a la esquina de la calle.
Ojalá estuviésemos solos para decirte cuánto te quiero.

Micromundos (I)

Hoy te vi.
Abrigo oscuro y mochila al hombro.
Pasé por tu lado y rocé tu brazo.
Te diste cuenta, posiblemente una milésima de segundo tarde.
Yo ya me había perdido entre la gente.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Día mundial de la poesía

Hoy 21 de marzo, es el Día Mundial de la Poesía y como no, quiero hacerle mi particular homenaje.

Debo agradecer a mi padre que me la descubriese hace ya unos cuantos años. Él me enseñó algunos poemas y me compró mis primeros libros de poesía. Gracias a él la aprecio y me emociono al leer los versos de grandes poetas.

Como yo no sé rimar, mejor os dejo un poema de uno  de mis poetas favoritos, el maravilloso Ángel González:

Cumpleaños de amor

¿Cómo seré yo  
cuando no sea yo?  
Cuando el tiempo  
haya modificado mi estructura,  
y mi cuerpo sea otro,  
otra mi sangre,  
otros mis ojos y otros mis cabellos.  
Pensaré en ti, tal vez.  
Seguramente,  
mis sucesivos cuerpos  
-prolongándome, vivo, hacia la muerte-  
se pasarán de mano en mano,  
de corazón a corazón,  
de carne a carne,  
el elemento misterioso  
que determina mi tristeza  
cuando te vas,  
que me impulsa a buscarte ciegamente,  
que me lleva a tu lado  
sin remedio:  
lo que la gente llama amor, en suma.  
Y los ojos  
-qué importa que no sean estos ojos-  
te seguirán a donde vayas, fieles.





martes, 20 de marzo de 2018

Pequeña

Dormía plácidamente y su madre, a la que aún no conocía, la contemplaba arrobada.

Era preciosa. Aquel pelo tan suave, oscuro y brillante, sus largas pestañas, sus ojos almendrados que lo miraban todo con curiosidad, su boquita de labios finos que se curvaban constantemente en una sonrisa deslumbrante que le robaba el corazón.
Su mano agarraba con fuerza la de su madre, como reclamando su atención.
Decía, no me sueltes nunca.
Ella no pensaba hacerlo. Ahora que por fin estaban juntas no pensaba dejarla marchar.
Se había jurado a sí misma cuidarla y protegerla. Entendía por fin eso que llaman amor incondicional.

Cuando supo que ella llegaría a su vida, se imaginó muchas veces cómo sería; la veía en sueños, notaba su presencia en la casa, aunque no era más que una fotografía colgada en la puerta de la nevera.
Algún día, cuando hubiese crecido lo suficiente, le contaría su historia. Cómo había deseado su llegada tanto tiempo, cómo anhelaba estrecharla entre sus brazos. Todas las dificultades y el largo camino que había tenido que recorrer para tenerla. Pero las lágrimas, los momentos de desesperación, la frustración mal contenida, ya habían pasado. Y aquí estaban las dos, solas frente al mundo.

Cruzó la puerta del centro y el funcionario de turno le entregó sus papeles.
Sólo faltaba un trámite más y el proceso habría terminado.
Escriba aquí su nombre y el de la niña, señora, le dijo.
Su mano temblaba pero logró hacerlo.

Salió por fin de aquel edificio deprimente.
Ambas se miraron y ella le susurró entonces: bienvenida al mundo, pequeña.

sábado, 17 de marzo de 2018

Amor

Sentado frente a ella en aquel restaurante atestado de gente, de repente, se sintió terriblemente solo.

Sí, la quería. Estaba claro que la quería.
La quería como quería a sus hermanos, a sus padres o a su mejor amigo.
Una década juntos, tantas cosas vividas, hijos en común...

- “Tenemos una buena vida, ¿verdad?”- le preguntaba ella de vez en cuando.
- “No nos ha ido mal, ¿no crees?” - insistía.

Y él solamente podía mirarla, asentir y sonreír.
Esa sonrisa era suficiente para ella. Le daba tranquilidad, le hacía sentirse segura.

Sabía que cada día que él se iba a trabajar y se despedía con un rápido beso, todo estaba bien.
Él volvería a casa con ella, a la seguridad de ese hogar que habían construído juntos, a su existencia tranquila y sin sobresaltos.
Ahí estaban las cenas en familia con los niños, escuchándoles hablar del colegio, de sus juegos, riéndose de sus ocurrencias... Después, el ritual de cada noche: leerles el cuento de antes de dormir, arroparlos y esperar a que poco a poco los fuese venciendo el sueño antes de apagar la luz.

Ella, a sus lecturas, él, con su ordenador. Siempre juntos.

Sí, todo estaba en orden y ella era feliz.

Pero aquella noche, en ese restaurante lleno de ruidos, risas, de conversaciones que se cruzan, él se dio cuenta.
De pronto se dio cuenta.

La quería.
Pero estaba profunda e irremisiblemente enamorado de ti.