sábado, 24 de marzo de 2018

Micromundos (II)

Me observas en silencio con una media sonrisa.
No sé que estás ahí y despreocupada bromeo con mi acompañante.
Tus ojos siguen cada uno de mis movimientos.
Yo, continúo ajena a todo.
Levantó la vista y estás.
Corazón deja de latir violentamente. Mejillas, no os sonrojéis. Piernas, responded.
Camino a tu encuentro, desenvuelta.
Saludo con un gesto y me voy.
Corro, corro y no me detengo hasta llegar a la esquina de la calle.
Ojalá estuviésemos solos para decirte cuánto te quiero.

Micromundos (I)

Hoy te vi.
Abrigo oscuro y mochila al hombro.
Pasé por tu lado y rocé tu brazo.
Te diste cuenta, posiblemente una milésima de segundo tarde.
Yo ya me había perdido entre la gente.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Día mundial de la poesía

Hoy 21 de marzo, es el Día Mundial de la Poesía y como no, quiero hacerle mi particular homenaje.

Debo agradecer a mi padre que me la descubriese hace ya unos cuantos años. Él me enseñó algunos poemas y me compró mis primeros libros de poesía. Gracias a él la aprecio y me emociono al leer los versos de grandes poetas.

Como yo no sé rimar, mejor os dejo un poema de uno  de mis poetas favoritos, el maravilloso Ángel González:

Cumpleaños de amor

¿Cómo seré yo  
cuando no sea yo?  
Cuando el tiempo  
haya modificado mi estructura,  
y mi cuerpo sea otro,  
otra mi sangre,  
otros mis ojos y otros mis cabellos.  
Pensaré en ti, tal vez.  
Seguramente,  
mis sucesivos cuerpos  
-prolongándome, vivo, hacia la muerte-  
se pasarán de mano en mano,  
de corazón a corazón,  
de carne a carne,  
el elemento misterioso  
que determina mi tristeza  
cuando te vas,  
que me impulsa a buscarte ciegamente,  
que me lleva a tu lado  
sin remedio:  
lo que la gente llama amor, en suma.  
Y los ojos  
-qué importa que no sean estos ojos-  
te seguirán a donde vayas, fieles.





martes, 20 de marzo de 2018

Pequeña

Dormía plácidamente y su madre, a la que aún no conocía, la contemplaba arrobada.

Era preciosa. Aquel pelo tan suave, oscuro y brillante, sus largas pestañas, sus ojos almendrados que lo miraban todo con curiosidad, su boquita de labios finos que se curvaban constantemente en una sonrisa deslumbrante que le robaba el corazón.
Su mano agarraba con fuerza la de su madre, como reclamando su atención.
Decía, no me sueltes nunca.
Ella no pensaba hacerlo. Ahora que por fin estaban juntas no pensaba dejarla marchar.
Se había jurado a sí misma cuidarla y protegerla. Entendía por fin eso que llaman amor incondicional.

Cuando supo que ella llegaría a su vida, se imaginó muchas veces cómo sería; la veía en sueños, notaba su presencia en la casa, aunque no era más que una fotografía colgada en la puerta de la nevera.
Algún día, cuando hubiese crecido lo suficiente, le contaría su historia. Cómo había deseado su llegada tanto tiempo, cómo anhelaba estrecharla entre sus brazos. Todas las dificultades y el largo camino que había tenido que recorrer para tenerla. Pero las lágrimas, los momentos de desesperación, la frustración mal contenida, ya habían pasado. Y aquí estaban las dos, solas frente al mundo.

Cruzó la puerta del centro y el funcionario de turno le entregó sus papeles.
Sólo faltaba un trámite más y el proceso habría terminado.
Escriba aquí su nombre y el de la niña, señora, le dijo.
Su mano temblaba pero logró hacerlo.

Salió por fin de aquel edificio deprimente.
Ambas se miraron y ella le susurró entonces: bienvenida al mundo, pequeña.

sábado, 17 de marzo de 2018

Amor

Sentado frente a ella en aquel restaurante atestado de gente, de repente, se sintió terriblemente solo.

Sí, la quería. Estaba claro que la quería.
La quería como quería a sus hermanos, a sus padres o a su mejor amigo.
Una década juntos, tantas cosas vividas, hijos en común...

- “Tenemos una buena vida, ¿verdad?”- le preguntaba ella de vez en cuando.
- “No nos ha ido mal, ¿no crees?” - insistía.

Y él solamente podía mirarla, asentir y sonreír.
Esa sonrisa era suficiente para ella. Le daba tranquilidad, le hacía sentirse segura.

Sabía que cada día que él se iba a trabajar y se despedía con un rápido beso, todo estaba bien.
Él volvería a casa con ella, a la seguridad de ese hogar que habían construído juntos, a su existencia tranquila y sin sobresaltos.
Ahí estaban las cenas en familia con los niños, escuchándoles hablar del colegio, de sus juegos, riéndose de sus ocurrencias... Después, el ritual de cada noche: leerles el cuento de antes de dormir, arroparlos y esperar a que poco a poco los fuese venciendo el sueño antes de apagar la luz.

Ella, a sus lecturas, él, con su ordenador. Siempre juntos.

Sí, todo estaba en orden y ella era feliz.

Pero aquella noche, en ese restaurante lleno de ruidos, risas, de conversaciones que se cruzan, él se dio cuenta.
De pronto se dio cuenta.

La quería.
Pero estaba profunda e irremisiblemente enamorado de ti.

sábado, 24 de febrero de 2018

Querría

Sí, hay tantas cosas que querría contigo...

Sonreír cada día al verte y al pensarte.
Abrazarte muy fuerte y descansar mi cabeza en tu hombro mientas caminamos sin rumbo por las calles de esta ciudad gris.
Que me cojas de la mano y me sorprendas.
Sentarnos a conversar de naderías o simplemente mirarnos a los ojos sin hablar, porque tú ya sabes que nuestros silencios dicen suficiente.
Imaginar por un momento que tú no eres tú, que yo no soy yo. Que somos dos personas distintas; quizá dos desconocidos que se encuentran casualmente, quizá dos adolescentes en su primera cita. Que tú me quieres y yo te quiero sin reservas.
Y, mientras el día se rinde a la noche, dejar que me dieras ese beso de despedida que no sabría a adiós sino a hasta pronto. Y regresar a casa escuchando aún el eco de tu voz y de mi risa, abandonándome al fin a eso que llaman felicidad.

sábado, 20 de mayo de 2017

Io e Te

Me acuerdo como si fuera ayer de aquel verano, el primero que pasamos juntos.
Le pediste prestado el coche a tu madre y viajamos al sur, por carreteras secundarias.
Cantábamos a voz en grito con las ventanillas bajadas viejas canciones de Vasco y Ligabue que yo había aprendido de ti. 
No teníamos prisa por llegar y a ti te encantaba detenerte en algún sitio que no conocías y explorar. 
Dejamos atrás la Toscana y el bullicio de la capital. Comimos en una pequeña osteria una pasta como la que cocinaba tu abuela. 
Compramos Fragolino en aquel pueblo a las afueras de Roma y lo bebimos sentados en el capó del coche de tu madre. 
Recuerdo que quemaba porque hacía mucho calor, y el vino estaba caliente, pero no importaba porque estábamos juntos y tú me enseñabas nuevas palabras en un idioma que pronto sería el mío.
Y seguimos recorriendo carreteras secundarias, cantando siempre a pleno pulmón las mismas cuatro canciones.
Y llegamos al mar; primero Nápoles, Sorrento después. En aquella casa que habías alquilado por una semana fuimos libres. 
Me llevaste a Pompeya, ¿lo recuerdas? Allí,sentados en el anfiteatro,me confesaste tu anhelo de ser actor. Tenías grandes sueños y yo solo soñaba contigo.
Te empeñaste en viajar a Capri, en ver los barcos que llegaban al puerto y sentarnos en la orilla de aquella playa de guijarro. El mar estaba en calma y yo me reía de tus historias.
Esa tarde, en la Grotta Azzurra, bañados por aquella luz, me dijiste por primera vez que me querías.
Nunca hemos vuelto a ser tan felices como ese verano.
Y aún hoy las imágenes, los olores, el sonido de nuestras risas, vuelven a mi mente, tan claros como aquella vez.
Y por las noches, en la cama que todavía compartimos, en la oscuridad, te hablo muy bajito y te pregunto que es lo que nos pasó.
Y tú, susurrando casi, me respondes: "la vida; simplemente la vida".